El silencioso veneno de la indefinición

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Algunos huyen sigilosa y diplomáticamente del conflicto que detona ciertas decisiones sensibles o donde confluyen intereses contrapuestos

Por Mauricio Candiani
El financiero.com.mx

No todo en la empresa puede conocerse o pronosticarse con exactitud. Y también es cierto que la certeza plena es difícil de encontrar en los procesos de decisión compleja.

Lo que es verdadero también es que pocas cosas dejan pasar tantas oportunidades o destruyen progresivamente tanto valor en una organización como la indefinición. Hay personas y empresas que, en más de un momento, ‘ni pichan, ni cachan, ni dejan batear’.

En su definición más simple, la indefinición es la falta de claridad o de precisión. En el ambiente productivo es algo que carece de un final predeterminado; o bien, que todavía no goza de una decisión que indique el camino a seguir.

¿Cuáles son los tipos de indefinición que conviene aprender a identificar cuando te topas frente a ella en un grupo de trabajo? Aquí tres para la reflexión directiva:

Indefinición táctica. Es la única justificable. Y es que hay momentos en los que no se debe resolver un asunto porque no se tienen los elementos óptimos para tomar una decisión y, aunque se podría tomar, se prefiere no definir el tema procurando que, en un tiempo administrable, se puedan disponer de más insumos para mejor decidir. Nótese que es sólo un compás de espera apoyado en un método que busca maximizar el resultado. Táctica que debe suspenderse cuando el potencial daño por esperar es mayor que el beneficio marginal buscado.

Indefinición disparada por la duda. Hay gente en puestos gerenciales varios que ‘duda y luego existe’. Su aproximación a casi cualquier asunto es a partir de la reserva, la meditación extrema y, en su peor expresión, el miedo. Pueden tener claro qué se debe hacer o decidir pero, sin que les preocupe la lentitud, lo subordinan al deseo de tener todos y cada uno de los elementos exigibles o analizables para sentirse acompañados o cubiertos en lo que van a resolver.

Indefinición crónica. Argumentando exceso de trabajo o aduciendo que el asunto reviste en complejidades extraordinarias, simple y llanamente no resuelven. Es desesperante. Concentrados en procesar lo sencillo, evaden lo complicado. Algunos huyen sigilosa y diplomáticamente el natural conflicto que detonan ciertas decisiones sensibles o donde confluyen intereses contrapuestos. Otros trasladan el asunto a alguien más, incluyendo a sus jefes (cuando se dejan). Apúntese que la vaguedad es prima hermana de la indefinición. La desconfianza es la sangre que nutre esa forma de vivir lo profesional. Y la indeterminación es una sensación que no les produce molestia. Los indefinidos son un perfil identificable en todo ecosistema productivo.

No existen compañías inmunes a estos venenos. Lo que sí existen son antídotos: el seguimiento riguroso de etapas, preguntando constantemente sobre su desarrollo; el establecimiento de plazos concretos para resolver; y, cuando se necesita, la presión explícita para que un asunto se solucione.

Las escuelas de negocios suelen acostumbrar a sus alumnos a preguntarse perpetuamente: ¿qué ‘estado de las cosas’ deseas para tu negocio? Y está perfecto. Con la misma intensidad, sin embargo, debemos acostumbrarnos a preguntarnos lo opuesto. Bien dijo mi socio Adrián Peña en la junta de alineación comercial pasada: “la indefinición es la receta para el desastre”.

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