Imágenes y texto de Roni Rubinstein | CEO de Viajes Excélsior
Después de días caminando entre selva espesa y calor sofocante, el explorador español Álvaro Núñez Cabeza de Vaca comenzó a escuchar un rugido lejano. No era tormenta ni mar. El sonido crecía con cada paso, confuso y aterrador, mientras la tierra parecía temblar bajo sus botas. Entonces la vegetación se abrió de golpe.
Frente a él apareció un abismo infinito de agua y espuma cayendo con una fuerza imposible de describir. El aire estaba cubierto de bruma, arcoíris y estruendo. Por un instante, dejó de creerse el gran conquistador y se sintió pequeño ante algo mucho más grande que cualquier reino o imperio: la tremenda fuerza de unas cataratas que nunca antes había visto.
Hoy, siglos después, las Cataratas del Iguazú siguen provocando exactamente la misma sensación. Y la mejor manera de vivirlas es explorando ambos lados: el argentino y el brasileño. Aunque comparten la misma maravilla natural, cada país ofrece una perspectiva completamente distinta. Del lado argentino se vive la inmersión: caminatas por senderos y la impresionante cercanía con la Garganta del Diablo. Del lado brasileño aparece la panorámica perfecta, esa vista abierta e infinita que permite comprender realmente la magnitud de las cataratas.

Para una experiencia verdaderamente memorable, vale la pena hospedarse al menos 3 o 4 noches, mi recomendación de máximo confort es el Hotel das Cataratas, A Belmond Hotel, el único hotel ubicado dentro del Parque Nacional do Iguaçu en Brasil. Su gran privilegio es permitir acceso exclusivo a las cataratas antes de la llegada del público y después del cierre del parque, momentos en que el lugar, sin turistas, adquiere una atmósfera mágica. Además de su servicio legendario y ubicación incomparable, el hotel cuenta con la prestigiosa calificación Five-Star de Forbes Travel Guide.
Como alternativa del lado argentino destaca Gran Meliá Iguazú, también ubicado dentro del Parque Nacional. Aunque menos exclusivo y lujoso que el Belmond, ofrece también una ubicación extraordinaria frente a las cataratas y la enorme ventaja de despertar prácticamente dentro de la selva, con el sonido incesante de las cataratas de fondo.

Independientemente del país donde se hospede, mi recomendación es dedicar tiempo a conocer ambos parques nacionales. El cruce fronterizo resulta sencillo (se requiere pasaporte) y existen servicios regulares y privados que permiten combinar ambas visitas con experiencias como caminatas por los senderos y emocionantes navegaciones en lanchas rápidas hasta la base misma de las cataratas.
En el lado de Brasil se puede realizar un sobrevuelo en helicóptero. Ver Iguazú desde el aire transforma por completo la percepción del lugar: cientos de cascadas emergiendo de la selva, ríos serpenteando entre la vegetación y nubes de vapor elevándose hacia el cielo. Es, probablemente, una de las vistas aéreas más espectaculares del continente y una experiencia absolutamente inolvidable
Iguazú no es solamente una visita turística; es uno de esos pocos lugares del planeta capaces de hacer sentir al viajero exactamente lo mismo que quizás sintió Cabeza de Vaca hace casi cinco siglos: asombro absoluto.



